
Una tarima de roble claro cepillado, una losa de caliza templada o una moqueta de bucle apretado definen el pulso. Sobre ese plano decidimos el gramaje de las alfombras, su borde y su dibujo sutil. Una alfombra de lana con patrón tono sobre tono ayuda a contener muebles, absorbe sonido y agrega confort. El suelo ordena la escena sin quitar protagonismo al resto.

Pinturas minerales mate, microtexturas de cal y panelados de madera ligeros generan profundidad sin recargar. Añadimos molduras apenas marcadas para romper superficies grandes y permitir sombras amables. Si incorporamos papel, lo preferimos con relieve discreto, fibras naturales o tramas casi lisas. La pared deja de ser fondo pasivo y empieza a dialogar con la luz, sosteniendo la calma general.

Llegados a esta capa, decidimos volúmenes que aporten intención: un sofá con costura francesa visible, una mesa de centro en piedra porosa y butacas tapizadas en lana. Luego vestimos con cortinas, cojines y mantas que ajustan temperatura visual. Probamos combinaciones a la luz del día y de la noche, fotografiamos y comparamos. Sólo se queda lo que mejora el conjunto de forma medible.